El brillo del fantástico

El Festival de Sitges celebrará el próximo octubre su 59 edición, consolidado como un referente internacional del cine fantástico y de terror. Directora general desde 2019, Mònica Garcia Massagué define a los festivales como “parte de la cadena de valor de una película”, una visión amplia del concepto de cine fantástico, de cómo el género se nutre de la experiencia comunal en una sala de cine o por qué el público, que bate récords de asistencia, es “todo”.

En los años posteriores a la pandemia, el género fantástico y sobre todo el de terror se ha convertido en un valor refugio para las salas de cine. En 2025, títulos como Expediente Warren: El último rito (13,6 millones), Weapons (7 millones) o Five Nights at Freddy’s 2 (5,2 millones) dejaron claro que no se trata de un público nicho aunque tenga una fanbase muy potente, sino que tiene una verdadera capacidad de alcanzar audiencias masivas. La mejor resistencia del terror en las salas en la pospandemia, según Mònica Garcia Massagué, directora general del Festival de Sitges tiene que ver con que “el consumo audiovisual se ha vuelto mucho más experiencial. Y el fantástico siempre ha sido eso: una montaña rusa emocional, una experiencia que no es la misma en casa que en comunidad”.

Vinculada al Festival desde hace 20 años, los últimos ocho como directora general, Mònica Garcia Massagué comanda un certamen con un fuerte posicionamiento nacional e internacional impulsado por un púbico entusiasta. El año pasado, más de 130 mil espectadores convirtieron a Sitges en el segundo certamen con más visitas de España, solo superado por San Sebastián. Más de 300 películas, que parten de una visión amplia del concepto de “fantástico”, forman un mosaico casi inabarcable aunque tienen muchos heavy users que compran hasta 60 entradas y cuando una proyección termina, se meten en la siguiente.

Garcia Masagué defiende un festival “umbrella”, que dé cobijo a películas de muchos géneros, pero también a numerosas actividades paralelas, desde la muy popular Zombie Walk, en la que familias enteras se disfrazan de zombis para pasear por las calles, a conferencias, talleres y todo tipo de actividades que implican al púbico para que sea una gran experiencia. Desde hace casi una década, además, el Festival organiza unas jornadas de industria destinadas a conectar a players de distintos países con el objetivo de potenciar la industria local.

En 2004 fue nombrada jefa de prensa del Festival de Sitges. En 2015 pasó a ser subdirectora y desde 2019 ocupa el cargo de directora general. ¿Cómo ha visto evolucionar el festival durante estos 20 años?

La verdad es que el crecimiento ha sido exponencial tras la pandemia. Veníamos de unos años muy importantes: en 2017 celebramos el 50 aniversario, que supuso un punto de notoriedad muy grande tanto a nivel internacional como nacional. La evolución que íbamos marcando era ya de crecimiento constante. Pero curiosamente, cuando la pandemia, que para todo el mundo supuso un frenazo enorme, nosotros conseguimos realizar el festival los dos años. Y eso ha funcionado como un cohete de energía.

Incluso el año pasado, que fue complicado porque llevábamos dos últimas ediciones sin la sala Retiro, lo que implica un menor aforo, conseguimos crecer un 14%. Y eso no ocurre por casualidad. Tiene que ver con una suma de factores que se han ido consolidando con el tiempo. Por un lado, la pandemia nos obligó a repensar el festival y a crear espacios de interacción, más actividades paralelas, más propuestas fuera de las salas para aquellas personas que tenían reparo a estar dentro de un cine cerrado. Esa ampliación de la experiencia no solo respondió a una necesidad puntual, sino que terminó transformando el modelo. Y por otro lado está todo lo que ha significado la explosión del género fantástico en estos años, de la cual nosotros hemos salido claramente beneficiados.

En definitiva, el festival ha crecido en estructura, en programación, en audiencia y, consecuentemente, en apoyo económico. Muchas marcas han decidido apostar por el festival y alinearse con una imagen que ya no es tanto la de un cine para un nicho, sino la de un cine absolutamente comercial y con una base muy amplia de seguidores.

Sitges tiene un posicionamiento nacional e internacional muy fuerte dentro del cine fantástico y de terror. ¿Debe cualquier estrategia centrarse siempre en estos géneros o se debería intentar ampliar el alcance?

Es cierto que durante mucho tiempo existió la percepción de que Sitges era exclusivamente terror. Cuando yo entré como subdirectora, había una reflexión interna en torno a eso. Mucha gente asociaba directamente la imagen del festival al miedo porque, en sus orígenes, se creó como la Semana Internacional de Cine Fantástico y de Terror. Sin embargo, el festival de hecho parte de un concepto “umbrella”, un paraguas que aborda muchos géneros. Hace ya muchísimos años que incorporamos secciones como Órbita, que recoge géneros colindantes como el thriller, el cine de acción o incluso la ultraviolencia.

Muchas veces, cuando hablabas con posibles asistentes al Festival, te decían “no me gustan las películas de miedo”. Y la realidad es que no habían visto la amplitud real de la oferta. Porque Sitges tiene una programación enorme, diversa, y en algunos aspectos casi contiene otros festivales dentro del propio festival. Por ejemplo, tenemos prácticamente un festival de animación dentro de Sitges, especialmente desde la pandemia. También contamos con una sección como Sitges Family, pensada para atraer audiencias muy jóvenes. Evidentemente, sin darles una dosis excesiva de terror, aunque siempre digo en broma que los traumatizamos lo justo y necesario.

Con películas como Titane, Palma de Oro en Cannes, o La forma del agua, ganadora del Oscar, ves que el fantástico o el terror está mucho más alineado con el cine contemporáneo de lo que parecía. Porque el fantástico no deja de ser una metáfora, una forma de contar las cosas. Y luego, por supuesto que si quieres ver una película de terror en Sitges la vas a ver. Tenemos secciones como Midnight X-Treme, más gore, más extrema. Pero al mismo tiempo hay una oferta amplísima que pasa por el cine de autor, por nuevas formas de puesta en escena, por películas donde lo fantástico no siempre es una criatura o un susto, sino una forma de mirar, de rodar o de construir un relato. Hablamos de un line-up de cerca de 300 títulos y es difícil que alguien no encuentre algo que le atraiga, pero también puede ser una oferta abrumadora.

El año pasado el festival batió su récord histórico con más de 130 mil espectadores, 900.000 euros en entradas. ¿Qué papel juega el público?

El público lo es todo. De hecho, el seguimiento que tenemos, la lealtad, el nivel de repetición… es algo extraordinario. Yo hablo mucho de los heavy users: personas que compran 60 entradas, que tienen acreditación general, que viven el festival con un nivel de amor y de pasión enorme. Muchas veces, cuando explico el festival, digo que si no vienes no te puedo explicar la energía que hay. Cuando entras en una sala y ves esa reacción comunitaria de más de mil personas a la vez, entiendes que ahí está pasando algo muy particular. Pero es que además esas mismas personas salen de la sala y vuelven a la cola para repetir.

Dada la dedicación de ese público, el festival organiza numerosas actividades paralelas como la Zombie Walk o el área King Kong, con mercado de merchandising, proyecciones especiales y talleres. ¿Qué papel desempeñan estas actividades?

Son fundamentales. Y además forman parte de una estrategia que, aunque se gestó durante la pandemia, ha ido mucho más allá. Nos dimos cuenta de que queríamos ofrecer una experiencia única, y eso también nos llevó a reflexionar mucho sobre lo que estaba pasando en las salas de cine. ¿Por qué las salas no recuperaban el público al mismo ritmo y los festivales sí seguían creciendo? Para nosotros, parte de la respuesta estaba precisamente en eso: en ofrecer un programa mucho más amplio y mucho más completo.

El visitante que viene a Sitges puede ser muy distinto. Está el heavy user que se pasa todo el día en la sala, pero también está el que simplemente quiere vivir la experiencia, participar de la atmósfera de la ciudad. Entonces, la manera de mantener esa atracción, esa especie de órbita constante, es precisamente a través de ese programa de actividades paralelas. Ahí llegamos a un público muchísimo más amplio. Hay personas que participan solo en la Zombie Walk, familias enteras disfrazadas, incluso con bebés. O gente que visita una exposición, acude a un podcast en abierto o participa en un taller, y quizá todavía no entra en una sala. Pero ya forma parte del festival. Y eso conecta con una idea que para mí es muy importante: si Sitges es la cuna del fantástico, queremos capitalizar todo lo que significa el fantástico hacia otras industrias culturales, hacia otras formas de participación. Se trata de que nadie se sienta excluido.

Desde hace más de una década, el festival desarrolla actividades de industria como Sitges FanPitch o Producers Meet Producers. ¿Cuáles son los elementos clave de estas iniciativas?

Cuando creamos el programa, la idea era muy clara: no vamos a competir con un gran mercado como Cannes o la Berlinale. Yo venía de trabajar en promoción internacional de cine y conocía bien esos entornos, así que sabía que no tenía sentido intentar replicarlos. Lo que queríamos era crear un “programa boutique”, muy enfocado, que atendiera realmente a los profesionales y que aprovechara algo que ya teníamos: la presencia de expertos internacionales. Cada año tenemos distribuidores, productores y profesionales de todo el mundo que llegan con sus películas y buscan estar en contacto con la industria local. Y además el festival tiene una función muy clara de retorno a la industria audiovisual.

Por eso nos centramos, al principio, en crear una especie de corredor internacional de proyectos. Es decir, que los proyectos de fantástico más relevantes pasaran por Sitges. Con el paso del tiempo, además, hemos evolucionado hacia una apuesta muy fuerte por el talento femenino, con la idea de alinearnos con valores de iguadad, diversidad e inclusión. Sitges es un festival con base pública y, por tanto, para nosotros es importante asumir esa responsabilidad. Cuando inauguramos con una película de Ana Lily Amirpour, apareció el titular de que era solo la segunda vez en más de 50 ediciones que una mujer inauguraba el festival. Eso me hizo explotar la cabeza. Hicimos un análisis y vimos que, en la sección oficial a competición, menos del 6% de las películas estaban dirigidas por mujeres.

Además, colaboramos con entidades de productores. Producers Meet Producers nació como un programa pensado para el audiovisual catalán, para aprovechar la presencia de profesionales internacionales y generar sinergias. Al final, se trata de facilitar un networking orgánico dentro del festival. Piensa que tenemos cerca de 2.000 acreditados.

¿El fantástico y el terror son géneros más masculinizados?

Sin duda ha tenido históricamente una mirada muy masculina. Y si las estadísticas generales de dirección femenina en la industria ya son bajas, en este terreno todavía lo son más. A partir de ahí desarrollamos WomanInFan, con residencias, iniciativas específicas y un trabajo sostenido durante años para impulsar a más creadoras dentro del género. Y eso tiene impacto en todo: en la producción, en la creación y también en el público. De hecho, ahora estamos viendo cómo el número de mujeres asistentes al festival está creciendo muchísimo, hasta el punto de que casi se iguala o incluso supera en algunos tramos.

¿Cuál es la estrategia dentro de estas actividades de industria para seguir expandiéndose? ¿Qué tipo de sinergias buscan con las industrias cinematográcas catalana y española?

Para seguir expandiéndonos, lo que intentamos es dar siempre respuesta a las tendencias del mercado. Por eso es tan importante estar presentes en espacios internacionales, en mercados y foros donde puedes escuchar directamente qué necesitan los profesionales. Para nosotros es un proceso constante de escucha y de proyección. Primero entendemos qué está pasando, qué se está demandando, y a partir de ahí diseñamos nuestras actividades cada año. En ese diseño también es clave contar con el apoyo de instituciones y ver hacia dónde están orientando sus prioridades, para alinearnos con ese apoyo logístico y económico.

Sobre todo tenemos una mirada casi obsesiva hacia el futuro. No tiene sentido replicar un mercado tradicional. Por ejemplo, ahora estamos trabajando en propuestas relacionadas con el valor de producción de los actores: hacia dónde va ese valor, cómo se mide, qué está cambiando. Hay mucho trabajo de benchmarking: saber qué está pasando en otros mercados y hacer algo distinto, algo que suponga una evolución. Porque sobre todo, hay que anticipar tendencias. Esa es la manera más efectiva de contribuir a la industria catalana y española. Traemos a muchos profesionales internacionales que ya están trabajando en ese futuro del audiovisual y los ponemos en diálogo con profesionales locales. Por ejemplo, eso te lleva a entender por qué en Estados Unidos funcionan ciertos modelos y por qué en Europa no necesariamente encajan igual. Y ahí está el aprendizaje: en reflexionar, comparar y adaptar.

En los últimos años, el género de terror se ha consolidado como uno de los pilares más fiables de la taquilla. ¿Se ha convertido en un valor seguro para las salas de cine?

Sin duda. Y tiene mucho que ver con algo fundamental: el efecto comunal del cine, que en el género fantástico se multiplica por diez. Cuando ves una película de terror en una sala estás generando una respuesta física compartida. Es una experiencia colectiva muy intensa. Hace años ya lo decían medios como Variety o Screen: el terror nunca muere. Y es verdad. El cine fantástico ha dejado de ser estacional. Antes se relacionaba más con Halloween o con momentos muy determinados del calendario. Ahora funciona todo el año.

Esto tiene que ver con que el consumo audiovisual se ha vuelto mucho más experiencial. El espectador busca sentir algo, reaccionar, vivir una experiencia. Y el fantástico siempre ha sido eso: una montaña rusa emocional que te permite liberar energía y conectar con el público que tienes alrededor. En un contexto en el que las salas de cine tienen dificultades para recuperar público, el fantástico ofrece algo diferencial: una experiencia que no es la misma en casa que en comunidad. De hecho, una de las reflexiones que tenemos es por qué funciona tan bien en salas y quizá no igual de bien en plataformas. Probablemente porque en plataformas el consumo es más individual, mientras que el fantástico se potencia en lo colectivo.

Tras el éxito a principios de siglo de la generación de Balagueró, Paco Plaza o Bayona, con hitos como REC o El orfanato, ¿qué está ocurriendo para que actualmente haya tan pocos títulos nacionales del género?

El cine en nuestro país funciona como una especie de Tetris de subvenciones, apoyos, ventas y financiación. Y tradicionalmente el cine de género ha tenido dificultades dentro de ese sistema, especialmente en lo que respecta a la financiación pública. Muchas veces se ha considerado que el género es algo que “ya se financia solo”, que es demasiado comercial, y por tanto no siempre ha entrado en las quinielas de las comisiones de valoración. Ese es uno de los problemas estructurales. En otros países se han desarrollado modelos distintos. Francia, por ejemplo, creó una comisión específica dedicada al cine de género. Argentina desarrolló Blood Window como línea de apoyo al fantástico. Ibermedia también ha impulsado ayudas dirigidas al género. Son ejemplos de sistemas que entienden que el fantástico necesita un acompañamiento específico dentro del ecosistema de financiación.

Y luego está el otro gran factor: las plataformas. Hoy son actores clave en la financiación, pero para ellas el cine fantástico a menudo se percibe como un producto de consumo más individual, y suelen apostar por contenidos más generalistas. Si falla ese apoyo económico, tanto público como privado, es muy difícil sacar adelante cualquier producción. Yo confío en que esto cambie. El éxito internacional de muchas películas del género debería servir como argumento.

A pesar del auge del terror, todavía existe un público reacio al género. ¿Sigue habiendo trabajo para conquistar a esos espectadores?

Totalmente. Y no lo llamaría tanto “no adeptos” como personas que no se han acercado todavía al género de la manera adecuada. Esto lo hemos trabajado mucho, por ejemplo, con el público femenino dentro de WomanInFan. Películas como La sustancia han sido muy importantes. ¿Cuántas mujeres han descubierto el body horror a través de esa película y se han sentido interpeladas por su mensaje? Muchísimas. Hay películas que generan un clic. Te acercas por el boca a oreja, por el ruido mediático, y acabas descubriendo que el terror es un lenguaje más. Un lenguaje que te permite ahondar de forma muy potente y muy gráfica en inseguridades, en miedos personales, en problemas sociales, en relaciones de pareja, en cuestiones de identidad. Muchas veces existe un rechazo inicial porque se percibe como algo que provoca malestar. Pero cada vez más hay películas que utilizan el terror no solo para inquietar, sino también para generar reflexión.

El festival está claramente integrado en la ciudad de Sitges, que durante unos días se transforma para acoger el evento. ¿Qué importancia tiene esa identificación con el lugar?

Es fundamental. Cualquier persona que haya visitado un festival de cine entiende que no tiene sentido sin la ciudad que lo acoge. Es la raíz. Esto pasa en todos los grandes festivales. Cannes, Venecia, Karlovy Vary… incluso Berlín, que tiene otra lógica por su contexto histórico, mantiene esa relación. Los festivales necesitan esa inmersión absoluta. Y eso implica la complicidad del sector turístico, de la hostelería, de la población local. En el caso de Sitges, además, el festival nace de la propia ciudad. Es una iniciativa local, en una ciudad con una enorme inquietud cultural, que entendió muy pronto el valor cultural, económico y de proyección internacional del certamen.

Dentro del mapa de festivales de cine en España, ¿cómo se complementa Sitges con otros grandes eventos como San Sebastián, Valladolid o Málaga?

Nos complementamos muy bien. Evidentemente, siempre hay pequeñas zonas grises en las que puedes coincidir con otros festivales en determinados títulos, pero en general hay una buena convivencia. También influye mucho el calendario y la especialización de cada certamen. Eso hace que el ecosistema de festivales en España sea bastante sólido. De hecho, a nivel de público, estamos muy cerca de San Sebastián. Somos el segundo festival con mayor número de asistentes en España, lo cual es muy significativo si se tiene en cuenta que no somos un festival generalista ni de clase A. Eso da una medida muy clara de la fuerza del público del fantástico en nuestro país.

Mònica Garcia Massagué posa junto a Angel Sala, director

En términos de financiación, ¿cuenta el festival con los recursos necesarios?

Recibimos aproximadamente 250.000 euros del ICAA, 450.000 del Ayuntamiento de Sitges y unos 820.000 de la Generalitat. En total, eso supone alrededor del 43% del presupuesto del festival. El resto tenemos que generarlo nosotros. Y eso nos diferencia bastante de otros festivales de nuestro país, donde la financiación pública puede situarse entre el 60% y el 90%. Para nosotros la venta de entradas es absolutamente clave. Representa una parte muy importante del presupuesto. A eso se suman otras fuentes de ingresos como las inscripciones, el alquiler de espacios, los stands, los food trucks y diferentes líneas de explotación que vamos diversificando.

¿Es suficiente? No. Ningún festival te va a decir que lo es. Tenemos margen para crecer: más salas, más sesiones, más estructura. Hay una demanda del público que en algunos casos no podemos absorber completamente. Cada vez que se ponen entradas a la venta aparece esa presión de gente que quiere acceder y se queda fuera. Un modelo interesante de futuro sería uno parecido al de Annecy: un festival con infraestructuras permanentes, con un centro de referencia. En nuestro caso, nos gustaría avanzar hacia un centro de interpretación del fantástico, un espacio que permitiera trabajar todo el año.

¿Qué rol crees que deben jugar los festivales dentro del ecosistema de la industria del cine en España?

Los festivales de cine, no solo en España sino internacionalmente, forman parte de la cadena de valor de una película. Están presentes a lo largo de todo el ciclo de vida de una producción. Desde fases muy tempranas, incluso en desarrollo, los festivales ya pueden intervenir a través de laboratorios o programas de industria. En ese momento, seleccionar un proyecto ya le añade valor. El sello del festival es una forma de validación. Después, cuando la película está terminada, el paso por festivales —la selección, las nominaciones, los premios— marca su posicionamiento en el mercado. Evidentemente, no todos los festivales tienen el mismo peso. Pero incluso los más pequeños tienen valor: tienen un público propio, generan visionados, crean primeras reacciones.

Por tanto, los festivales son plataformas de promoción, de prescripción y de impulso internacional. Forman parte de una estrategia que puede ayudar a una película a ganar visibilidad y a construir su recorrido. Existe un corredor internacional: una película que se selecciona en Sitges puede empezar a circular por otros festivales. Ahí es clave que el productor o el distribuidor tenga una estrategia clara y sepa aprovechar ese recorrido.

Esta entrevista ha sido publicada en el número de Box Office de abril 2026, que puedes descargar gratis o suscribirte para recibirlo.

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